viernes, 1 de julio de 2016

Crítica de 'Todos queremos algo': Testigos y protagonistas de una libertad fugaz

Las críticas de Cristina Pamplona "CrisKittyCris": Todos queremos algo

Crítica de ‘Todos queremos algo’: Testigos y protagonistas de una libertad fugaz

Hace dos veranos se estrenaba en nuestro país Boyhood, el experimento cinematográfico de Richard Linklater en donde siguió la vida ficticia de su protagonista a lo largo de dieciocho años. Este viernes, el mismo director nos trae Todos queremos algo, una comedia poco convencional que bien podría continuar Boyhood, si no fuese porque Linklater crea unos nuevos personajes y los ambienta a comienzos de la década de los ochenta. Todos queremos algo comparte con el resto de la filmografía de su realizador una visión melancólica hacia la vitalidad de la juventud. 

Corre el mes de septiembre de 1980 y Jake acaba de llegar a su nueva universidad gracias a una beca como jugador de baseball. Quedan tres días para el comienzo de las clases y la cálida California aún ofrece muchas posibilidades de ocio. Junto a sus compañeros de equipo, Jake pasará esos tres días entre chicas, fiestas y deporte. 

El guion, escrito por el propio Linklater, transcurre en un momento de cambio, el año en que el actor Ronald Reagan llegó a la Casa Blanca, un año puente entre los setenta y los ochenta, entre la música disco y el pop rock. Su narración es casi una revisión de la película que el director realizó en 1993 Dazed and Confused (mal titulada aquí como Movida del 76). Si en la anterior la acción transcurría a lo largo del último día de instituto, esta abarca las cuarenta y ocho horas anteriores al primer día de universidad, el resultado es el mismo, un grupo de jóvenes ante el abismo ilusionante pero aterrador que supone el enfrentarse al resto de sus vidas adultas. 

No estamos ante una comedia juvenil gamberra como Desmadre a la americana. La comicidad de Todos queremos algo nace de la sonrisa que despierta la total irresponsabilidad de estos jóvenes recién salidos del nido familiar. De hecho, Todos queremos algo carece de un hilo argumental convencional y es una sucesión de escenas en las que los protagonistas sencillamente viven en un standby entre todo lo que conocen y la incertidumbre de lo que quieren llegar a ser. Una partida de pin pon, una fiesta con cerveza, una pelea en una discoteca…seguimos a los personajes en un tic tac que les aleja de la adolescencia. Al final, como ya ocurriese con Dazed and Confused y Boyhood, lo que Linklater nos ofrece es la fotografía de una generación a través de unos ojos en el umbral de la edad adulta. 

El elenco de actores, prácticamente desconocidos a excepción de Wyatt Russell, Tyler Hoechlin o Zoey Deutch, resulta de lo más eficaz. El grupo de recién amigos se compone de chicos de la misma edad con un estilo parecido, es inevitable que el espectador se sienta un poco perdido al principio al no distinguir a unos y a otros, pero es que ese equipo de baseball es un todo, representan a cualquier joven en ese momento de vacilación. No me cabe duda, a la vista de sus proyectos futuros, que muy pronto conoceremos a muchos de ellos, como ya sucediese con el reparto de Dazed and Confused donde aparecen nombres como los de Ben Affleck, Matthew McConaughey o Milla Jovovich. 

Una historia en la frontera entre dos décadas ha de tener además una banda sonora que represente ese momento de cambio. La selección de música de Todos queremos algo es ecléctica. El rock de comienzos de los ochenta está representado por Blondie, The cars, The Knack o de Van Halen, de cuyo álbum "Women and Children First" surge el título de la película, se mezcla con la música disco heredera de los 70 como Donna Summer o Hot Chocolate o con "Rapper’s Delight" de The Sugar Hill Gang, la canción considerada tarjeta de presentación del hip hop a nivel mundial. 

Todos queremos algo se sitúa entre lo mejor de la filmografía de un ya sobresaliente Richard Linklater. Un retrato de un momento de aparentemente hermética felicidad en los albores de una década en la que el conservadurismo norteamericano llegaría a lo más alto, en la que nacería la figura del yuppie y la idolatría al dinero, la década que descubriría y sufriría como ninguna otra las consecuencias del SIDA. En ese impasse entre décadas este grupo de amigos disfruta plenamente de un pestañeo de libertad sin saber que este no volverá.

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