martes, 28 de junio de 2016

Crítica de 'Buscando a Dory': Mucho más que una segunda parte

Las críticas de José F. Pérez Pertejo: 
Buscando a Dory


Todo el mundo sabe que las grandes películas que vemos en nuestra infancia nos marcan para siempre. Los niños que tenían entre 5 y 8 años cuando se estrenó Buscando a Nemo (Andrew Stanton, Lee Unkrich, 2003) tienen ahora entre 18 y 21. No recuerdo bien si a esa edad se tienen muchos complejos para ir al cine a ver una película aparentemente infantil, pero puedo imaginar a algunos ofreciéndose voluntarios para llevar al cine al sobrinito pequeño y así, tener una coartada para ir a una película que en realidad les apetece ver a ellos. Fuera complejos. La secuela Buscando a Dory recién estrenada es una película para niños, adolescentes, jóvenes, adultos y ancianos. Como todo el buen cine. 

Y este prolongado lapso entre ambas películas es uno de los primeros aciertos que hay que reconocer a Pixar. No han tenido prisa por aprovechar el tirón de la exitosa primera parte y han hecho la película con el rigor en el guion y la realización que se ha convertido en marca de la casa. Porque si algo tienen absolutamente todas las películas Pixar es que están sensacionalmente escritas; y cuando un guion tiene la potencia argumental, la fluidez narrativa y la precisión milimétrica con la que todo ocurre en los libretos de la factoría del flexo, lo demás viene rodado. Añadan un talentoso equipo de creativos diseñando personajes, escenarios y animaciones; un brillante elenco de voces y, finalmente, una poderosa maquinaria de marketing y publicidad. El resultado solo puede oscilar entre ser muy buenas películas como Monstruos S.A., Buscando a Nemo o Cars o, en otras ocasiones, absolutas obras maestras como Toy Story 3, Wall-E, Up o Del Revés

Buscando a Dory no es una excepción a este proceso, que contado en un párrafo parece sencillo sin serlo. Hay factorías de animación que llevan años haciendo bodrio tras bodrio. Y no dudo que los creativos sean talentosos, las voces geniales y las campañas publicitarias igual de aplastantes. La clave, señores ejecutivos de las factorías animadas, está por tanto en el guion. Cuéntennos una historia interesante, diviértannos, emociónennos, encójannos el alma, el corazón y las tripas. 

Tras una inteligente introducción que retrotrae al espectador a la infancia de Dory (adorable la criatura animada y la voz, al menos en español, del bebé-Dory), la trama nos sitúa un año después de los acontecimientos que vivimos en Buscando a Nemo, cuando la desmemoriada Dory adulta (maravilloso retorno de Anabel Alonso al personaje) decide salir en busca de sus padres tras comenzar a sufrir súbitos y fugaces flashes de recuerdos. Dory, como el título anticipa, se erige así en la protagonista del film, pero no perdemos de vista a Nemo y Marlin, que aunque aquí son personajes secundarios, están presentes durante todo el metraje. A estos viejos conocidos, se unirá una serie de nuevos personajes como el (divertidísimo) pulpo cascarrabias Hank, la cegata tiburón ballena Destiny, el Beluga Bailey o los geniales leones marinos Crush y Rudder (que en la versión original son doblados por Dominic West e Idris Elba en un ¿casual? homenaje a la serie The Wire). 

El esquema argumental de la película es similar al de Buscando a Nemo, pero aquí tenemos menos océano y más espacio “humano” en el Instituto de Vida Marina (Parque Oceanográfico) de Monterrey, donde transcurren gran parte de las trepidantes andanzas de Dory y Hank en busca de sus respectivos destinos. Se abandona por tanto el tono de road-movie que caracterizaba a la precuela para convertirse en una película de aventuras a la antigua usanza, salpicada por los continuos golpes cómicos de Dory y los guiños a un universo marino que funciona como reflejo de una sociedad perfectamente estructurada según patrones humanos. 

No faltan los momentos emotivos que Andrew Stanton maneja como nadie (véase Wall-E) jugando con el espectador a anticipar supuestos desenlaces para acumular carga emocional que liberar de manera estratégica en los momentos culminantes. La diversión y la emoción siguen escrupulosamente el camino que Stanton traza para conferir a la película un ritmo que resulta ser su mayor virtud. Las secuencias finales que aquí no vamos a contar, en particular todo lo que tiene que ver con el camión destino a Cleveland son sencillamente memorables. Los intercambios de personajes en las diferentes localizaciones se suceden con un acertadísimo manejo de los tiempos. Las relaciones que se establecen entre los personajes son conmovedoras y el cierre argumental es tan perfecto como el resto del guion. 

No se puede terminar una crítica de Buscando a Dory sin dedicar al menos un párrafo al corto que precede al largometraje, algo que afortunadamente se ha convertido en habitual en todos los estrenos cinematográficos de Pixar y Disney. Recibe el título de Piper y en seis minutos establece un conmovedor discurso sobre la superación de los miedos y el instinto de supervivencia a través de un desvalido pajarito que desde la orilla del mar debe abandonar la protección de su madre para buscar su propio alimento. Divertido, emocionante y con una brillante animación hiperrealista al estilo de algunas de las últimas producciones Disney

Nota final: soy plenamente consciente de haber utilizado los términos bebé, infancia y adulta para referirme a un pez. No me culpen, háganlo a los creadores de personajes capaces de mimetizar con tanta veracidad rasgos y emociones humanas en unos animales que en la vida real no pueden ser más inexpresivos.

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1 comentarios:

Cristian Querol dijo...

Muy divertida y entretenida, sobretodo la parte del Instituto de Vida Marina. Recomendable para quien no la haya visto todavía.

 
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