lunes, 9 de mayo de 2016

Crítica de 'La punta del iceberg': Los asalariados también sufren

Las críticas de José F. Pérez Pertejo: 
La punta del iceberg

Crítica de 'La punta del iceberg': Los asalariados también sufren

Cuando el cine aborda cuestiones de ámbito laboral, tiene cierta predilección por tratar el desempleo (y sus consecuencias vitales) o mostrar los trabajos de más baja consideración social y que, consecuentemente, suelen acompañar mayores penalidades. Ser asalariado tiene sus ventajas. Por lo pronto significa tener trabajo, lo cual, para muchas personas supone en sí mismo algo muy importante. Serlo en una gran empresa, en un puesto de responsabilidad, tiene además otra serie de indudables ventajas en forma de una mejor remuneración y, según el caso, mayor nivel de ese concepto tan manido llamado “realización personal”. Es cierto, hay gente que es feliz (o cree ser feliz) trabajando. Pero trabajar en una gran empresa tiene también su lado oscuro: el clima de competitividad, las envidias y la presión ejercida por los superiores son factores que pueden enrarecer progresivamente el ambiente laboral hasta acabar minando a la persona que todo trabajador lleva dentro. 

Ese clima de competitividad y presión por los resultados fue tratado admirablemente en Glengarry Glen Ross (James Foley, 1992) basada en el texto teatral de David Mamet; y curiosamente, también es el teatro el punto de partida del film que nos ocupa, la obra teatral de Antonio Tabares “La punta del iceberg” (nominada al Max a la mejor autoría teatral en 2015) sirve a David Cánovas, José Amaro Carrillo y Alberto García Martín para escribir un inteligente (y a ratos tramposo, pero sin trampas no hay suspense) guion en el que se desnudan las miserias de una gran empresa en la que un jefe (Fernando Cayo) ejerce una presión insoportable sobre sus subordinados para alcanzar excelentes resultados de productividad al tiempo que sus directivos conviven como pueden con la presión, acostándose con su secretaria o ejerciendo un infame mobbing sobre otra que se ha incorporado tras su baja maternal. El sindicalista de turno (Carmelo Gómez) se ocupa de lo suyo, obsesionado únicamente por cargarse al jefe, y hasta el camarero de la cafetería (Jesús Castejón) se sabe de memoria la vida de los empleados a partir de un psicológico análisis de lo que piden para desayunar. 

Las diferencias vitales y emocionales entre los trabajadores harán que mientras a unos el capitalismo “les pone” a otros les pone al borde del ataque de nervios. Los grandes tiburones de la central miran para otro lado mientras encargan a una contable (Maribel Verdú) que realice una investigación (más propia de un jefe de recursos humanos) sobre lo que está pasando en la empresa secundaria para justificar que tres trabajadores se hayan quitado la vida en el plazo de unos meses. 

Además del inteligente guion, es destacable la ágil y eficiente dirección de David Cánovas a pesar de algunas decisiones que, como mínimo, resultan cuestionables: las ensoñaciones de Maribel Verdú son indudablemente útiles desde el punto de vista narrativo para hacer avanzar la historia y explicar mejor los personajes, pero no tengo claro que funcionen efectivamente desde un punto de vista fílmico. Este recurso, utilizado con mucha frecuencia en las series de televisión, resta cierto empaque cinematográfico a una película que atrapa la atención del espectador desde el principio para no soltarla hasta el final. 

Uno de los mayores activos de la película radica en su sobresaliente reparto, fundamentalmente las secuencias dos a dos (que resaltan la naturaleza teatral del texto) entre Maribel Verdú y Carmelo Gómez, y las que la actriz protagonista tiene con Fernando Cayo. Estos pequeños duelos interpretativos, en los que el afilado rostro de Maribel Verdú muestra como pocas veces su dureza, son sin duda lo mejor de un film en el que también destacan Bárbara Goenaga con una contenida interpretación para su sufrido personaje y Álex García en el personaje menos previsible de la trama.

Hace un par de años tuve ocasión de ver a tres de estos actores juntos en un escenario, Maribel Verdú, Fernando Cayo y Álex García (acompañados en aquella ocasión de Ariadna Gil y Emma Suárez) en el montaje Los hijos de Kennedy dirigido por Josep María Pou. Los tres son hijos del teatro (a pesar de la potente filmografía de Maribel Verdú) como lo es también un Carmelo Gómez que actualmente triunfa por España con El Alcalde de Zalamea. Que inteligente ha sido David Cánovas (o quien le haya hecho el casting) al apostar por intérpretes con amplio bagaje teatral para una película como La punta del iceberg en la que la sustancia escénica del texto de Antonio Tabares se apodera en muchos momentos de la toda la fuerza del metraje. 

Me sorprende mucho que esta película se haya ido de vacío del Festival de Málaga pues hay muchos aspectos premiables en ella. Muy buenas han de ser las dos triunfadoras (Callback de Carles Torras y La próxima piel de Isaki Lacuesta e Isa Campo) para desplazar del palmarés al primer largometraje de Cánovas. Ya las veremos.

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