viernes, 9 de septiembre de 2016

Crítica de 'Sparrows (Gorriones)': Turbadora Concha de Oro

Las críticas de José F. Pérez Pertejo: 
Sparrows (Gorriones)

Crítica de 'Sparrows (Gorriones)': Turbadora Concha de Oro

Algo está ocurriendo en el cine islandés. No deja de ser curioso que los dos festivales de cine de mayor prestigio internacional de nuestro país otorgasen el año pasado sus máximos galardones a dos películas de una cinematografía tan “exótica” como la del pequeño país del noroeste de Europa. Si en la Seminci de Valladolid la Espiga de Oro fue otorgada a El valle de los carneros (Grímur Hákonarson) y el premio de interpretación masculina recayó en la también islandesa Corazón gigante (Dagur Kári), un mes antes, la Concha de Oro del Festival de San Sebastián había sido otorgada de manera inesperada a Sparrows (Gorriones), segundo largometraje del director islandés Rúnar Rúnarsson tras su celebrado Volcano en 2011 y sus multipremiados cortometrajes.

Cuando estamos a pocos días del comienzo de una nueva edición del festival donostiarra, llega, con un año de retraso, la Concha de Oro del pasado año a las salas comerciales (es un decir) de nuestro país. Y este retraso, además de incomprensible, es una verdadera lástima, pues Sparrows (Gorriones) es una película sensible y turbadora que supone un nuevo acercamiento al eterno tema del doloroso tránsito de la adolescencia a la edad adulta. 

Rúnar Rúnarsson, autor también del guion, suple la falta de originalidad del relato (la historia de un adolescente desubicado ya nos la han contado muchas veces) con una exquisita puesta en escena y una sólida construcción de personajes que transitan alrededor de Ari, un muchacho de diecisiete años que debe dejar su (acomodada) vida en Reikiavik junto a su madre para irse a vivir con su padre al norte de Islandia, a un pueblo al que apenas le unen débiles lazos con un pasado lejano (todo lo lejano que puede ser el pasado cuando se tienen diecisiete años) y un padre poco dotado para los afectos que, a su manera, se esfuerza por establecer un vínculo afectivo con un hijo que a fuerza de distancia ha terminado por convertirse en un extraño. 

La fuerza de Sparrows se sustenta en un sólido reparto encabezado por Atli Oskar Fjalarsson en el papel de Ari. El joven actor se aleja del arquetipo de adolescente problemático que tantas veces hemos visto y compone un personaje introvertido, lleno de sensibilidad y dotado de una prodigiosa voz gracias a la cual canta en un prestigioso coro en la capital del país. Este talento para cantar supone una vía de escape para un muchacho que no termina de comprender el mundo que le rodea y al que, una vez superada la infancia y desprovisto de la protección de un nido familiar, debe enfrentarse con mirada (y hábitos) de adulto. Duele su soledad, duele el modo en que se aferra a los pocos vestigios de su pasado (esa pared pintada en su viejo hogar, ahora en venta), duele su sensación de abandono, su extrañamiento ante unos coetáneos con los que le cuesta conectar y la lucidez con la que se da cuenta de que sentirse desvalido y recrearse en su angustia no sirve absolutamente de nada. 

El resto de personajes giran alrededor de Ari, su padre, Gunnar, es interpretado con gran solidez por Ingvar Eggert Sigurðsson, un rostro muy popular del cine islandés visto también en producciones más internacionales como la reciente Everest (Baltasar Kormákur, 2015), también destacan Kristbjörg Kjeld en el papel de la abuela, un personaje clave en la película, y Rakel Björk Björnsdóttir como la joven Lara, el elemento romántico que todo film sobre el despertar a la vida que se precie debe tener. Lara, que será determinante en el despertar a la vida adulta de Ari, tiene, hacia el final del film, uno de los momentos más duros del mismo que la joven actriz interpreta con gran veracidad. 

Rúnarsson adopta un estilo austero, seco, conciso, preñado de silencios muy al gusto nórdico que resulta en un film íntimo, de delicada tristeza y que en ningún momento cae del lado del melodrama. Su cámara se coloca con la misma fuerza a pocos centímetros de los intérpretes (creando unos potentes primeros planos) que cuando se distancia muchos metros para componer unos arrebatadores planos generales en los que los personajes resultan empequeñecidos por una acertada e inteligente utilización del abrumador paisaje islandés, excelentemente fotografiado por Sophia Olsson, y la sutil banda sonora de Kjartan Sveinsson (componente del grupo Sígur Rós).

Excelentemente construido desde el punto de vista narrativo, Sparrows va de menos a más, culminando con un “tercer acto” emocionante construido alrededor de un adiós a la inocencia, a la infancia y a un pasado confortable que, sin embargo, deja abierta una vía a seguir soñando, a, en definitiva, seguir viviendo.

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