miércoles, 31 de agosto de 2016

Crítica de 'Café Society': El peor reparto de la filmografía de Woody Allen

Las críticas de José F. Pérez Pertejo: 
Café Society


Escribir una crítica sobre una película de Woody Allen es un ejercicio muy exigente para alguien que presume de haber visto todas sus películas y que le tiene en su olimpo de directores favoritos junto a nombres incuestionables de la historia del cine. De hecho, si alguien me preguntara a bocajarro quien es mi director favorito y tuviera que responder espontáneamente sin tiempo para sopesar las alternativas, es seguro que respondería que Woody Allen. Ir al cine a ver su nueva película se ha convertido para mí en una especie de liturgia de carácter anual. El día del estreno de la película de Woody Allen es como el día de mi cumpleaños o el primer día de vacaciones, uno de los días destacables del año. Pero del mismo modo que alguna vez he tenido cumpleaños desdichados y primeros días de vacaciones anodinos, también me ha ocurrido algunas pocas (poquísimas) veces que después de ver la esperadísima nueva película de Woody Allen he salido del cine decepcionado. Esta es una de ellas. 

Pocas cosas tienen tanta influencia en la decepción como las expectativas, claro está. Es muy difícil que me decepcione una película de Wes Anderson porque no espero nada de su estomagante estilo, de hecho, es probable que a base de ver sus películas con tan bajas expectativas, alguna acabe gustándome. Pero con Allen me ocurre lo contrario; y ojo que no cometo el error de situar mis expectativas a la altura de Manhattan, Annie Hall, Hannah y sus hermanas, La Rosa púrpura del Cairo… ¿hace falta que siga? 

No. Soy consciente de que Woody Allen ya ha hecho sus grandes películas. Sitúo mis expectativas en pasar hora y media entretenido con un guion inteligente que en algún momento me haga reír (o al menos sonreír), que me perturbe con algunos de sus grandes temas (el amor, la muerte, el azar, la culpa, el sexo, la magia, las relaciones humanas, el miedo…), que me deslumbre con la belleza estética de Nueva York en otoño (o Londres, o París, o Roma, o Venecia, o Barcelona…) y que me regale las impagables interpretaciones de los excelentes actores y actrices que habitualmente interpretan sus películas. 

Y esas sensaciones no necesitan que me remonte tanto en el tiempo, me ocurrió, sin ir más lejos con la excelente Irrational Man del año pasado, con la portentosa interpretación de Cate Blanchett en Blue Jasmine (2013) o con la maravillosa Medianoche en París de 2011 por no seguir rebobinando la memoria. Es decir, en los cinco últimos años, tres de sus películas me han parecido excelentes. Lo que ocurre en Café Society es que la propia película va creando unas expectativas en su potente arranque que luego no es capaz de cumplir. 

La dirección artística es sencillamente portentosa, la recreación del Hollywood de los años treinta con las ostentosas mansiones de las estrellas del cine es fotografiada con apabullante talento por el italiano Vittorio Storaro, uno de los pocos grandes maestros de la dirección de fotografía que faltaban en la filmografía del director neoyorquino. La incomparable luz a través de sus lentes encaja a la perfección en una película de una incuestionable belleza estética apoyada en el generoso presupuesto de los “nuevos ricos” de Amazon Studios y que supone, probablemente, la película más cara de un director que siempre se ha caracterizado por realizar películas baratas. 

Tampoco me parece que Café Society naufrague por culpa del guion. Sin ser uno de sus grandes escritos, Woody Allen despliega su característica y genuina capacidad para tratar temas trascendentes de forma aparentemente intrascendente y desarrolla una historia de amor bien contada, con unos personajes perfectamente construidos y una estructura narrativa claramente dividida en dos partes que plantea una mirada lúcida y descorazonada a los amores no correspondidos, a las segundas oportunidades y a los sentimientos que siguen latentes en el interior a pesar del paso del tiempo y los avatares de la vida. 

La primera parte, en Hollywood es más vibrante y divertida. La segunda parte, de vuelta en Nueva York, se diluye en la añoranza y termina por hacerse un poco larga. Hay en Café Society una nostalgia agridulce que impregna el metraje de cierta melancolía. Se echan en falta más dosis de comicidad y diálogos chispeantes, pero hay algunos momentos memorables como la secuencia de una prostituta neófita (Anna Camp) o el sarcástico padre del protagonista y sus chistes sobre el judaísmo. 

Entremos, por fin, en el espinoso asunto del reparto. Desde que Allen comenzó a dejar de interpretar los papeles protagonistas de sus propias películas, son varios los actores que han encarnado al personaje “alleniano”, es decir, el que Allen hubiera interpretado en caso de tener la edad apropiada para hacerlo. No recuerdo a nadie que me haya gustado más que el genial John Cusack de Balas sobre Broadway y, hasta ahora, nadie me había gustado menos que Kenneth Branagh (actor que habitualmente me encanta) en Celebrity. Pues aquí ha llegado Jesse Eisenberg para cometer exactamente el mismo error que en su día cometió Branagh y que no es otro que el de tratar de imitar al director. Jesse Eisenberg despliega todo el arsenal de tics, posturas, gestos y ademanes característicos de Allen hasta el punto de realizar una imitación de Woody Allen interpretando al protagonista. Esto, unido a su falta de empatía, diluye todo el encanto que sobre el papel podría tener el personaje de un joven judío del Bronx intentado abrirse un hueco en el Hollywood de los años 30. 

Como partenaire Eisenberg tiene a Kristen Stewart, una actriz que puede funcionar en determinados personajes pero que es demasiado fría e inexpresiva como para resultar creíble volviendo locos de amor a dos hombres. Stewart en ningún momento transmite el encanto y la chispa que habrían dado al papel Scarlett Johansson o Emma Stone por citar solo a dos de las últimas “chicas Allen” o la propia Blake Lively presente en Café Society con un personaje menor. 

Completa el triángulo protagonista (y amoroso) Steve Carell, un actor de demostrado talento para la comedia (cuanto más alocada mejor) pero que todavía tiene que demostrar que es capaz de sostener un personaje serio por más alabanzas que recibiera por su forzada interpretación en Foxcatcher. Aquí se deja contagiar por la insulsa pareja protagonista y, juntos, completan el trío con menos gracia y empatía de toda la filmografía de Woody Allen. Un borrón en la impecable trayectoria de Juliet Taylor, la eterna directora de casting en todas las películas de Allen

Vuelvo al principio. El problema está en las expectativas. La peor película de Woody Allen (y van cuarenta y seis) está por encima de la mayoría de las producciones estrenadas anualmente. Café Society no es de las peores. Tampoco de las mejores. Lo mejor es que esta vez no tendremos que esperar un año para ver lo nuevo de Allen, está a la vuelta de la esquina el estreno de su primera serie de televisión Crisis en seis escenas que tendrá la agradecible presencia del propio Woody como protagonista acompañado de ¡Miley Cyrus! ¿otro error de casting? Veremos.

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1 comentarios:

FERNANDO JOVER dijo...

Completamente de acuerdo contigo, poderosa en algunos momentos, aburrida en otros. Le sobran como 15 minutos. La fotografía de Storaro en algunas partes deja bastante que desear. Abrazos, "Agustín"

 
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