viernes, 1 de julio de 2016

Crítica de 'Un amor de verano': Buen cine más allá de etiquetas

Las críticas de José F. Pérez Pertejo: 
Un amor de verano


Llega a España la novena película de la directora francesa Catherine Corsini (Partir, 2009) que lleva por título La belle saison aunque en nuestro país adquiere el originalísimo título Un amor de verano. Que el título no les lleve a engaño, no es una adaptación a la gran pantalla de Verano Azul ni una comedia de adolescentes que se enamoran en la playa. Un amor de verano es un potente drama romántico entre dos mujeres cuyas vidas entran en colisión al mismo tiempo que descubren una manera de amar a contracorriente. 

Como espectador se puede afrontar Un amor de verano desde diversos puntos de vista. Habrá quien la considere una película feminista por situarse históricamente en el París de 1971 cuando los movimientos pro liberación de la mujer tomaban auge revindicando el aborto, la utilización de anticonceptivos y la igualdad salarial de mujeres frente a hombres. Otros verán en su temática homosexual la excusa perfecta para etiquetarla como “película gay” y hacer bandera de ella (en este sentido, no parece casualidad que se estrene en España el fin de semana de las celebraciones del orgullo gay). 

Flaco favor le haríamos a esta película si le ponemos una etiqueta y la dejamos ahí. Estoy convencido de que Un amor de verano figurará a partir de ahora en cualquier ciclo sobre cine feminista o cine gay que se programe desde cualquier asociación cultural o institución pública o privada que se precie y, lo siento, pero esta visión simplista del cine me entristece. Un amor de verano es una conmovedora historia de amor (sí, entre dos mujeres) en unos tiempos de militancia y lucha (sí, feminista, entre otras cosas) pero ni el contexto histórico ni la naturaleza de la relación definen por sí solas la película. Y mientras no nos liberemos de etiquetas y de visiones reduccionistas, no habremos avanzado nada ni en la igualdad de la mujer, ni en los derechos de los homosexuales ni en el respeto al cine como una disciplina artística liberada de consignas o utilizaciones sectarias. 

Catherine Corsini y su coguionista Laurette Polmanss escriben una película honesta, limpia, que huye enseguida del panfleto en el que se podía haber convertido, para derivar hacia una emocionante historia de amor que se construye y se sostiene básicamente a partir de dos sólidos personajes protagonistas, y un tercero que servirá como catalizador del desenlace. Y ahí radica precisamente el mayor potencial de la película, en Delphine y Carole, las dos mujeres protagonistas, y en las dos actrices que los interpretan, Izïa Higelin y Cécile de France respectivamente. 

“La soledad es algo terrible” dice a Delphine su bienintencionado padre al inicio del film, cuando Delphine, apenas descubierta su sexualidad, se debate entre quedarse para siempre en la granja familiar ordeñando vacas y conduciendo un tractor o irse a estudiar a París. En la contraposición entre los distantes mundos de los personajes basan Corsini y Polmanss el detonante para que precisamente Delphine, la joven agricultora a la que sus padres urgen a encontrar marido y Carole, una cosmopolita parisina implicada en el activismo feminista que vive con su novio, se conozcan, se apasionen y finalmente se enamoren perdidamente.

Filmada con valentía y sin complejos por parte de las dos actrices protagonistas, la sensualidad (y la sexualidad) alcanza cotas notables acercándose al tórrido nivel marcado por La vida de Adèle (Abdellatif Kechiche, 2013) cuya sombra está presente durante gran parte del metraje. La interpretación de Izïa Higelin es sobresaliente en su determinación, en su pasión y en la lucha interior a la que se ve sometida durante gran parte del film, pero un paso por encima brilla la superlativa Cécile de France, una de las mejores actrices del cine francés actual (aunque belga de nacimiento) que ofrece un descarnado retrato de una mujer entregada al amor pese al durísimo cuestionamiento interior de su identidad y de su voluntad. 

El tercer personaje en cuestión es Monique, la madre de Delphine, interpretada por Noémie Lvovsky con el equilibrio entre la contención y el arrojo que solo consiguen las grandes actrices. Su peso en el film, especialmente en el tramo final, engrandecerá una historia bien contada, brillantemente interpretada, dirigida con determinación y adornada con una preciosa banda sonora de Grégoire Hetzel.

Delicada a ratos, pasional y visceral en otros, Un amor de verano es una emocionante película a la que le costará librarse de etiquetas y clichés. Yo sólo pienso ponerle una: cine (y del bueno).

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