sábado, 28 de mayo de 2016

Crítica de 'Tres recuerdos de mi juventud': La memoria fragmentada de Arnaud Desplechin

Las críticas de José F. Pérez Pertejo: 
Tres recuerdos de mi juventud


Perdónenme por ser tan literal, pero si un amigo me amenaza con que va a contarme tres recuerdos de su juventud, lo que espero, en mi mayúscula simpleza, es que me relate tres episodios de su pasado a los cuales dedicará más o menos la misma importancia y similar cantidad de tiempo. Pero si después de dos horas, hubiera dedicado apenas cinco minutos a contarme un recuerdo de su infancia reducido a categoría de anécdota, diez o quince minutos a relatarme un breve suceso de cuando tenía dieciséis años y más de hora y media a contarme con todo lujo de detalles como conoció al amor de su vida y la manera en que ese conocimiento le abrió a la madurez y determinó su forma de amar, pensaría que más que tres recuerdos de su juventud, lo que me ha contado es un relato, más o menos interesante, de su primer enamoramiento. 

Pues esto mismo es exactamente lo que hace el director francés Arnaud Desplechin en su celebrada película Tres recuerdos de mi juventud: una evocación nostálgica de un amor perdido, observado desde la madurez, cuando el protagonista Paul Dédalus afincado en Tayikistán decide volver a París a reincorporarse a su trabajo en el servicio diplomático. 

A pesar de sus muchos méritos (fundamentalmente en el brillante reparto), uno no puede evitar la sensación de asistir a un relato deslavazado, inconexo, en el que Desplechin en su labor de guionista (coescribiendo junto a Julie Peyr) renuncia a mantener una concepción dramatúrgica equilibrada y lleva el hilo conductor del relato por caminos demasiado intrincados. La voz en off de Paul Dédalus adulto (un fantástico Mathieu Amaric) inicia la narración en primera persona, pero a lo largo del metraje es sustituido por la voz de otros personajes que no mantienen la coherencia narrativa esperada, y en ocasiones, caen en el mayor pecado que puede cometer una voz en off en el cine que no es otro que contar al espectador exactamente lo que está viendo en imágenes. 

Tampoco la puesta en escena mantiene una homogeneidad acorde a un ideario común en toda la película. La recreación de ambientes es notable, especialmente en la reconstrucción de los años 80 e inicios de los 90 pero la dirección de Desplechin que no dudo que responda a un meditado plan de rodaje, a mí me resulta arbitraria y caprichosa. Que en algunas secuencias un halo negro rodee el plano para tratar de evocar la memoria podría ser un bonito recurso si se empleara de manera uniforme; que un personaje de repente mire directamente a la cámara e interpele al espectador es perfectamente válido si se justifica en la narrativa de la película, y no es el caso. Algunas secuencias son innecesariamente largas y otros momentos se resuelven con planos cortos que resultan en fragmentos de memoria con escasa conexión con el resto. 

Desplechin recupera a algunos personajes de Comment je me suis disputé... (ma vie sexuelle) (1996) y juega a ser Truffaut en su intento por construir una obra nostálgica sobre un amor iniciático, pero su Paul Dédalus queda a mucha distancia del inolvidable Antoine Doinel que nació en Los cuatrocientos golpes y se desarrolló a lo largo de varias películas más. También son detectables algunas huellas del Bertolucci de Soñadores pero tampoco alcanza el inteligente morbo que destilaba la película del maestro italiano. 

En cuanto al reparto, que en mi opinión es lo mejor de la película, los debutantes Quentin Dolmaire (Paul Dédalus joven) y Lou Roy-Lecollinet como la misteriosa Esther interpretan con veracidad y sensibilidad a la pareja protagonista, pero como espectador echo de menos más presencia de Mathieu Amalric que prácticamente queda relegado a la prometedora introducción y a un breve epílogo. También sabe a poco la breve aparición de André Dussolier en un personaje fugaz.

Tres recuerdos de mi juventud fue uno de los títulos importantes del cine francés en 2015 con once nominaciones a los premios César, siendo galardonada con el correspondiente a la mejor dirección para Arnaud Desplechin, precisamente el aspecto de la película que me parece más discutible y con el que más me cuesta conectar. En cualquier caso, estamos ante una película estimable y entretenida que encontrará su público entre los admiradores de las historias contadas de forma fragmentada y nostálgicos del mundo del último cuarto del siglo XX.

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