viernes, 11 de marzo de 2016

Crítica de 'Tres colores: Rojo': Largo camino hacia la fraternidad

Las críticas de José F. Pérez Pertejo: 
Tres colores: Rojo

Crítica de 'Tres colores: Rojo': Largo camino hacia la fraternidad

Solo unos meses después del estreno de Blanco (los que median del Festival de Berlín al Festival de Cannes), se presentó la tercera parte de la trilogía Tres colores con la que Krzysztof Kieślowski culminaba su particular interpretación de los ideales de la revolución francesa llevados a la realidad de un europeísmo dubitativo en una sociedad inmersa en el arranque de otra gran revolución, la tecnológica, que habría de transformar el modo de vivir de los ciudadanos del primer mundo. Echen cuenta de cómo la tecnología ha cambiado sus vidas en los últimos veintidós años y verán hasta qué punto es cierto. 

Rojo, como las dos anteriores películas, arranca en lo que Kieślowski llamó los subterráneos de la civilización o la tecnología, si Azul comenzaba con la cámara debajo de un coche y Blanco con las maletas en una cinta transportadora de un aeropuerto, Rojo empieza con un paseo de la cámara por los cables telefónicos en un curioso y extraño plano secuencia que incluso atraviesa el fondo del mar para llevar una llamada al otro lado del océano. Será una llamada que no hallará respuesta. La protagonista de la película, una joven estudiante que trabaja como modelo llamada Valentine (Irene Jacob) no podrá responder porque no se encuentra en casa, ha ido al cine a ver El club de los poetas muertos como al día siguiente explicará a su celoso novio cuando le reproche no haber atendido la llamada. Sí. Esto era así aunque ya no lo recordemos. Hace veintidós años uno podía no estar en casa y permanecer ilocalizable para cualquiera, y más aún, podía ir al cine con la tranquilidad de que cobijarse en la proyección era un refugio seguro. Nadie nos interrumpiría. Ese tiempo se ha ido. Ya no existe. 

Rojo no recibió ningún premio en el Festival de Cannes con lo que se frustró el sueño de que las tres películas fueran premiadas en los tres grandes festivales (Venecia, Berlín y Cannes) pero quizá fue la que más éxito tuvo en su día y alcanzó numerosos reconocimientos incluidas tres nominaciones al Óscar en una época en la que, a diferencia de ahora, no era habitual que películas europeas no filmadas en inglés accedieran a otras categorías que no fueran la de “película extranjera”. El propio Kieslowski fue nominado al Óscar al mejor director como también lo fueron el guion y la fotografía.

Esta tercera película es en la que más tarda en comenzar la acción. Kieślowski se toma más tiempo en presentar a su protagonista cuyo rostro ocupa casi totalmente los primeros diez minutos de película. Irene Jacob era ya una actriz kieslowskiana en virtud de su protagonismo en la excelente La doble vida de Verónica, la película que antecedió a la trilogía Tres colores en la filmografía del director. Y como hiciera en la citada película, en Rojo vuelve a desplegar toda la dulzura de su rostro para componer un personaje querible con el que el espectador conecta desde su primera aparición. No hay doblez en Valentine cuya inocencia y candidez es absolutamente desarmante. Son precisamente esa inocencia y candidez junto a su juventud y su belleza, los argumentos sobre los que Kieślowski y Piesiewicz construyen desde el guion el apoyo estructural de la fraternidad, el tercer lema de la revolución francesa que desplegarán a lo largo de la película de varias formas. 

Porque fraternal (literalmente) es la ambigua relación que Valentine mantiene con su ausente y egoísta hermano, perdido tal vez en la marginalidad de la sociedad. Y fraternal en el sentido poético y mayestático será el vínculo que establecerá más tarde con el personaje más ambiguo y misterioso de las tres películas, el juez retirado Joseph Kern interpretado magistralmente por Jean-Louis Trintignant. El encuentro entre ambos, Joseph y Valentine será ¿cómo no? fruto del azar cuando Valentine atropelle fortuitamente a su perra Rita y acuda a su casa a devolvérsela y ofrecerse a llevarla al veterinario. 

Trintignant encarna con su habitual elegancia a un personaje abandonado a la soledad que vive dedicado a espiar a sus vecinos con un sofisticado sistema de escuchas telefónicas (ya apuntaba Kieślowski en el inicio del film el protagonismo del teléfono). Este repugnante entretenimiento no es más que un síntoma de la incomunicación que padece desencantado de su profesión, de la que se retiró prematuramente torturado por los remordimientos de culpar a inocentes y eximir a culpables. 

Soledad e incomunicación son pues las otras dos cuestiones claves que con su sutileza habitual Kieślowski quiere tratar en una película poliédrica, con tantas interpretaciones como espectadores, y que, precisamente por su forma de hacer de hacer cine, todas podrían ser dadas por buenas. No sería descabellado entender la película como una exaltación de la compasión como un valor humano primordial o como una tesis acerca de la fragilidad de las relaciones humanas. El discurso de Rojo es inabarcable y la historia que nos cuenta desemboca en un poético final que sirve de epílogo de las tres películas con el improbable encuentro de sus personajes a los que Kieślowski muestra su afecto con una última acción redentora. 

Estilísticamente Rojo sigue los mismos planteamientos que sus dos antecesoras, el director de fotografía es en este caso Piotr Sobocinski, y apuesta por utilizar el rojo como filtro de la luz en muchos de los planos y por llenar la puesta en escena de objetos de este color, rojos son muchos de los elementos decorativos del apartamento de Valentine, rojo el coche de su desconocido vecino, el tercer personaje en discordia Auguste (Jean-Pierre Lorit), y rojo el fondo de las fotografías para las que Valentine posará destinadas a una campaña publicitaria de una marca de chicles. Precisamente esas fotografías servirían posteriormente para el cartel de la película y para casi todo el material publicitario del film, incluida la foto que acompaña este texto. 

Todos los elementos kieslowskianos están presentes en Rojo. La utilización de los primeros planos de los protagonistas (fundamentalmente de perfil en el caso de Irene Jacob), los planos detalle, la ancianita tirando la botella al contenedor de vidrio (a la que Valentine ayuda en lugar de permanecer impasible mirándola) y todas las señales que, como era habitual, el director polaco dejaba a lo largo de muchos planos para que quedaran en el subconsciente del espectador sin ser necesariamente captados por la atención. Segundos, terceros y sucesivos visionados de la película completan la completa absorción de toda la belleza poética y toda la carga existencial que por encima de lo narrativo alimentan estas películas. 

Pero que nadie se asuste ante esto. El cine de Kieślowski es completamente inteligible, no estamos hablando de un cine de autor marciano que solo aprecian los cinéfilos de pata negra. Sus películas, a pesar de su envoltorio estético, de su profundidad intelectual y de su aura de inaccesibilidad, tienen un nivel de lectura argumental perfectamente comprensible y accesible a todo tipo de espectadores. Quien no las haya visto tiene, con ocasión de su reestreno en cines, una ocasión fantástica de acercarse a la obra de uno de los mayores creadores del cine europeo a lo largo de la historia. Veinte años han transcurrido desde su muerte y su cine sigue vivo. 

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