miércoles, 9 de marzo de 2016

Crítica de 'Tres colores: Azul': El amor como resorte de la libertad

Las críticas de José F. Pérez Pertejo: 
Tres colores: Azul

Crítica de 'Tres colores: Azul': El amor como resorte de la libertad

Tengo una vivencia muy especial asociada al recuerdo de la primera vez que vi Azul. Fue en el Teatro Calderón de Valladolid durante la Seminci de 1993. La película venía de ganar el León de Oro del Festival de Venecia y su programación fuera de concurso en la sección oficial de la Seminci era un regalo que su director Fernando Lara había conseguido para el público del festival. La proyección de la película fue precedida de su presentación por parte del mismísimo Krzysztof Kieślowski que personalmente había viajado a Valladolid. Recuerdo verle desde mi butaca, muy cerca del escenario, y recuerdo perfectamente como guardó silencio durante varios segundos mientras observaba los palcos, el anfiteatro y el techo antes de comenzar a hablar alabando la belleza del teatro. 

Evidentemente, que el director esté en la sala no incrementa el placer de ver una película y mentiría si dijera que por aquel año, con mi cinefilia todavía en ciernes, yo era un gran seguidor de su obra. No. Apenas conocía a Kieślowski y aquella noche viendo Azul no tuve ninguna epifanía. Caí cautivado ante la belleza estética del film, eso sí, pero ahora, más de veinte años después y tras haber visto la película más de una docena de veces, soy plenamente consciente de que aquella noche en el Teatro Calderón con Kieślowski vivo, presente y cercano, apenas entendí una cuarta parte de todo lo que la película encerraba. 

Es ahora, pasados los años, y cuando ya hace mucho que comprendí que el cine está muy por encima de todas sus reduccionistas explicaciones, que puedo escribir sobre qué es para mí Azul y por qué es una de mis películas favoritas de todos los tiempos.

Con Azul, Kieślowski daba inicio a una de las más ambiciosas apuestas estéticas y fílmicas de la historia del cine: rodar tres películas, argumentalmente diferentes, con el trasfondo de los tres ideales de la revolución francesa: libertad, igualdad y fraternidad, y apoyar cada una de las películas y su respectivo sustento filosófico en cada uno de los tres colores de la bandera francesa: azul, blanco y rojo respectivamente.

Las tres películas fueron producidas en Francia por Marin Karmitz, escritas por el propio Kieślowski y su coguionista habitual Krzysztof Piesiewicz y contaron con tres partituras musicales compuestas por Zbignniew Preisner, compositor de cabecera del director polaco. Con tantos elementos en común, el rasgo estético con el que Kieślowski quiso diferenciar sus tres películas fue la fotografía y por tanto empleó a tres diferentes directores para que cada uno dejara su sello estampado en cada uno de los tres colores. En el caso de Azul, el director de fotografía fue Sławomir Idziak que utilizó un sin número de elementos materiales de ese color e impregnó cada fotograma de tonos azulados.

Julie (Juliette Binoche) tiene 33 años y es una mujer feliz. Su esposo es uno de los compositores musicales más renombrados y reputados del mundo y tiene una pequeña hija, Anna, con la que forma una maravillosa familia. Súbitamente, cómo ocurren siempre estas cosas, un accidente de tráfico siega la vida de su marido y de su hija. Su dolor, su soledad, y el desgarro de su alma sirven a Krzysztof Kieślowski para crear una soberana obra maestra del cine con la que ilustrar el sentido de la libertad como único camino posible para continuar vivo. 

¿Cómo superar una pérdida irreparable? ¿Cómo salir adelante cuando el dolor no es una sensación, ni siquiera un estado de ánimo, sino más bien una envoltura opresiva que asfixia el cuerpo y el alma y ni siquiera permite llorar? ¿Cómo levantarse cada mañana con la obligación de seguir viviendo y eludir la desesperación, el desaliento y la angustia?

- “Ahora sé que solo haré una cosa: nada. No quiero posesiones, ni recuerdos, ni amigos, ni ataduras. Son todo trampas.” 

Julie proclama estas palabras ante su anciana madre interpretada por Emmanuelle Riva que, enferma de Alzheimer, pasa las horas en una residencia mirando deportes de riesgo en la televisión. Este pronunciamiento, esta renuncia a todo lo material y afectivo supone el planteamiento vital desde el que Julie ha encontrado la única manera de sobrevivir: la libertad entendida como el total desapego e independencia de todas las cosas y afectos. Juliette Binoche interpretó a Julie cuando tenía 29 años y ya era la descomunal actriz que es hoy, su bellísimo rostro fue el lienzo sobre el que Kieślowski jugó con la luz, siempre filtrada con tonos azules. Es imposible ver Azul sin enamorarse de Juliette Binoche, sin estremecerse ante la forma sutil y delicada con la que expresa su dolor, sin empaparse de las lágrimas que siempre deja caer sin crispar el rostro o sin ruborizarse cuando sonríe como se ruborizaría alguien al ser descubierto detrás de una mirada furtiva.

Pero que nadie se confunda ante la simple descripción argumental de lo que se cuenta en Azul porque la grandeza de la película está muy por encima de su argumento. No estamos ante un drama de lloros y gritos desgarrados. Ni siquiera ante un melodrama. Kieślowski no subraya nada, empapa cada plano de detalles cargados de significado, ahora éticos, ahora estéticos, que deja totalmente sueltos para que únicamente la atención de los espectadores los hagan suyos. No importa si alguien no ve a la clásica ancianita que estira su encorvado cuerpo frente a un contenedor de vidrio para alcanzar a tirar una botella por la abertura. Ya descubrirá que otro anciano aparecerá en Blanco ante la misma situación, y si no es así, será en Rojo cuando vea a otra ancianita en una situación idéntica componiendo un plano que Kieślowski utiliza para firmar su obra como Hitchcock lo hacía con sus instantáneas apariciones en plano. 

Julie, en su tránsito desde el dolor a la serenidad, irá descubriendo la enorme dificultad de partir de cero, de hacer borrón y cuenta nueva con un pasado que siempre acecha detrás de cada esquina incluso en una ciudad tan grande como París. El subyugado y hasta entonces mudo y secreto amor que por ella siempre había sentido el ayudante de su esposo, interpretado por Benoit Regent será la espoleta que ponga en marcha la huida de Julie hacia adelante. En su camino irá atravesando las etapas del desarraigo amparada en el conocimiento de algunos personajes clave como la humanista prostituta que tiene por vecina o la (desconocida) amante de su marido. 

Pero nos falta hablar del principal protagonista de la película, el que persigue a Julie desde el inicio y que no es otro que la música ejemplificada en ese "Himno para la Unificación de Europa", obra inacabada de su marido, con cuyos acordes Kieślowski puntea la película como si fueran signos de puntuación. La letra de dicho himno, extraída de la Carta de San Pablo a los Corintios, es algo más que una declaración de intenciones acerca de la verdadera naturaleza de la libertad que no es otra que el amor. 

“Aunque yo hablara todas las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo amor, soy como una campana que resuena o un platillo que aturde. Podría tener el don de la profecía y conocer todos los secretos y el saber, podría tener una fé como para mover montañas, más si no tengo amor, no soy nada”. Cualquiera que haya ido a una boda católica la habrá escuchado en alguna ocasión.

Veintitrés años después de su estreno, Azul conserva toda la fuerza poética, toda la belleza estética y toda la carga emocional que tenía en el momento de su estreno. Su reestreno en cines nos brinda la ocasión de volver a verla en pantalla grande. No estará Kieślowski presente, pero estarán su inmortal talento como cineasta, la fotografía de Idziak, la música de Preisner y Julie. Estará Juliette Binoche. Nada puede salir mal.

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